jueves, octubre 15, 2009

THE ROAD (LA CARRETERA); La película más terrorífica de Sitges 2009


Siempre he creído que la crítica cinematográfica es efímera. Cuando alguien se sienta ante su ordenador para escribir su opinión y su análisis sobre un determinado film hay multitud de circunstancias que sesgan su trabajo y lo convierten en material para ser revisado una y otra vez en lecturas posteriores. A veces porque se parte de un único visionado y se quedan cosas en el tintero, a veces porque no se tiene la edad o los conocimientos suficientes para ahondar suficientemente en lo que se ha visto y, en otras ocasiones, porque determinadas vivencias o circunstancias personales permiten un acercamiento distinto al que se tuvo de forma original.
En base a lo expuesto considero que “The road” es una película que afectará de un modo mucho más emocional a aquellas personas que en el momento de verla ya sean padres que a aquellas que no lo son. El grado de intensidad con el que se vive el suspense y las emociones que el padre y el niño que protagonizan la película vuelcan sobre el espectador no pueden ser recibidas en toda su crudeza si uno no puede identificarse plenamente en uno de los dos papeles. Partiendo de la base de que “The road” no es una película recomendada para menores, es el papel de Viggo Mortensen aquél en el que nos veremos reflejados principalmente y el que nos abrirá toda una serie de escalofriantes preguntas acerca de la responsabilidad que tenemos sobre nuestros hijos y los límites morales que estaríamos dispuestos a atravesar con tal de protegerla.

Si bien la mirada que Cormac McCarthy, autor de la novela, y John Hillcoat, director del film, arrojan sobre el mundo es sin duda pesimista, tal y como veremos más adelante su visión del ser humano es justo la contraria.

“The road” carece de prólogo. No lo necesita. La película comienza con la pareja protagonista, padre e hijo, caminando por las sucias y abandonadas carreteras de una tierra devastada, fría y gris. A lo largo del film sabremos que el mundo se está muriendo, que ya no quedan animales y que las propias plantas se secan y desaparecen a gran velocidad. Además, se van sucediendo pequeños seísmos que sacuden los vestigios de la civilización convirtiendo siglos de construcción desaforada y atentados contra la naturaleza en ruinas y desiertos urbanos.
Sin embargo, la película no pretende darnos una charla ecologista o algo por el estilo sino que utiliza esa situación como marco límite en el que tensar al máximo la relación paternofilial entre los protagonistas. Éstos, inmersos por completo en la dura realidad que les toca vivir e incapaces de distanciarse ni un segundo de ella porque hacerlo podría dejarles expuestos a su crueldad, no se preocupan en ningún momento en averiguar por qué el mundo se viene abajo o qué pueden hacer para intentar reconstruir la civilización. Dándose por sentado que ya llevan unos cuantos años sobre ese mundo en constante proceso de autodestrucción, lo único que preocupa a ambos personajes es llegar con vida al día siguiente, siendo sus principales necesidades aquellas que en nuestro acomodado mundo se dan por sentadas y que conforman la base de la conocida “Pirámide de Maslow”: alimentación, cobijo y seguridad.
El principal problema al que se enfrentan los protagonistas de la historia y del cual depende el poder satisfacer todas esas necesidades primarias es la escasez de todo tipo de recursos. El primer ítem, la alimentación, es difícil de cubrir ya que la ausencia de animales y plantas han reducido a unos pocos insectos el total de fuentes de proteínas sobre el mundo y, la comida manufacturada por el hombre, hace tiempo que se agotó por lo que difícilmente se cuenta con ella.(1) En realidad, y anudándose al segundo ítem, la seguridad, el alimento principal para muchos supervivientes se ha convertido en otros supervivientes a los que se caza y captura para posteriormente encerrar en despensas humanas. Así pues, resulta complicado mantenerse a salvo ya que la misma escasez ha convertido en potenciales enemigos a todos los demás supervivientes que, no por escasos, resultan menos implacables. El tercer ítem se ha convertido también en una necesidad básica difícil de satisfacer debido al frío intenso y a las adversas condiciones meteorológicas que de forma perpetua asolan el mundo. A ello debemos añadir que un cobijo adecuado, además de proteger contra estas inclemencias, debe estar alejado de las zonas de caza y las guaridas de otros supervivientes, ya sean estos caníbales o no (los amigos de lo ajeno son ahora demasiados como para poder fiarse de nadie).

En tales circunstancias no resultaría extraño sacar una precipitada conclusión acerca de la malignidad innata del ser humano o, por citar el clásico de Hobbes, que “el hombre es un lobo para el hombre.
Sin embargo y para contradecir tan funesta conclusión, tenemos al personaje del niño que interpreta magníficamente Kodi Smith-McPhee y que sirve de contrapunto al cada vez más desconfiado y asalvajado padre que interpreta Viggo Mortensen. Ese niño que no ha conocido otro mundo que el horror al que día a día debe hacer frente con la única compañía de su padre, demuestra albergar en su corazón más humanidad y compasión que ninguno de los personajes con los que se encuentra en su camino que, curiosamente, sí vivieron tiempos mejores y por lo tanto deberían haberse podido adaptar de un modo más social a la nueva situación. Ese niño, que debería ser el más cruel y despiadado de los humanos sobre la tierra, el mejor adaptado a las condiciones actuales pues no ha conocido otras, es el único que llegado el momento es capaz de demostrar algo de compasión, de ternura y de confianza. Es el único al que no le importa deshacerse de parte de su comida para compartirla con un desconocido o de detener su viaje a ninguna parte para ayudar a alguien en apuros, aunque ello suponga poner en peligro su propia vida o su escaso patrimonio. Como ya apunté en la crítica de “Carriers”, ¿de qué sirve mantenerse con vida cuando ya no queda nada por lo que luchar? Para el personaje que interpreta Viggo Mortensen su hijo es su motivación, su tabla de flotación, lo que le da razones para seguir adelante pero, ¿y a su hijo?
En definitiva, este personaje demuestra que la visión de McCarthy y Hillcoat sobre la humanidad es mucho más optimista de lo que cabría esperar y, en todo caso, la crítica que podría desprenderse del relato apunta más bien a nuestro modelo de sociedad que no a la naturaleza humana en si misma.

La película contiene un sinfín de variados momentos dignos de pasar a nuestro recuerdo ya sea por emocionantes o por ponernos los pelos de punta. Desde la secuencia en que la madre interpretada por Charlize Theron, a la que solo conocemos mediante flashbacks, decide abandonar a su familia después de reprochar a su marido que fuera incapaz de realizar un suicidio altruista con todos ellos, hasta el emocionante encuentro con el viejo y desvalido errante que interpreta Robert Duvall pasando por las espeluznantes huidas que deben emprender padre e hijo de los caníbales con los que se van topando.
“The road” es, sin lugar a dudas, una de las películas más fascinantes y terroríficas de los últimos años que se distancia de forma muy agradecida de esos films catastróficos y apocalípticos que nos invaden como una lluvia de meteoritos dejándonos siempre un montón de secuencias de destrucción a base de 3d y muy poco cine.


(1)Hay una secuencia antológica en la película referente a una lata de un conocido refresco que los protagonistas encuentran en una máquina de vending sobre la que existe una anécdota que Viggo Mortensen tuvo ocasión de explicarnos en rueda de prensa: Según parece la marca de refrescos en cuestión no estaba de acuerdo en que su bebida apareciera en la película debido al tipo de film que se trataba y tuvo que ocuparse el propio Viggo Mortensen de hablar con los responsables de la compañía en cuestión para convencerles de que su marca saldría beneficiada con su presencia en el film. Para ello, grabaron la misma secuencia con varios refrescos distintos y enviaron el montaje de la misma a la empresa para que compararan unos con otros. El propio Viggo admitió que tal vez se esforzaron un poco más en hacer emotiva la secuencia cuando se utilizaba el refresco de aquélla marca que finalmente accedió a aparecer en la película.

LA HORDE; Película de zombies a la francesa



Que existe un paralelismo entre la película de John Carpenter “Asalto a la comisaría del distritro 13” y el clásico de George A. Romero “La noche de los muertos vivientes” es algo que no se le escapa a nadie. En la película de Romero un grupo de personas que no se conocen entre si deben unir sus fuerzas para resistir el asedio de un montón de muertos vivientes caníbales, mientras que en la de Carpenter los policías de una comisaría y los detenidos que tienen en los calabozos deben dejar a un lado sus diferencias para aguantar el asalto de una nutrida banda de criminales.
En “La horde” los directores Yannick Dahan y Bejamin Rocher unen ambos conceptos en una trama en la cual policías y criminales unen fuerzas en el interior de un bloque del extrarradio parisino para combatir a una horda de muertos vivientes que tratan de acceder a él.

Más allá de las evidentes referencias que se puedan establecer entre esta película y la situación que se vivió en Francia hace un par de años con sangrantes enfrentamientos entre policía y jóvenes desempleados de los suburbios (tema que también sirvió de marco para la violenta “Frontieres”), “La horda” no es sino la enésima aproximación al filón de los zombies que tan buenos resultados está obteniendo estos últimos años.
Como con todo el cine fantástico que nos viene llegando del país galo durante esta década, “La horda” contiene un grado superior de violencia con respecto a películas similares de origen estadounidense si bien no tanto en cantidad como en intensidad y claridad representativa; las luchas que establecen los protagonistas entre ellos mismos o contra los zombies están cargadas de una violencia cruda y muy física siendo habitual la eliminación de muertos vivientes a base de golpes o con armas rudimentarias más que con armas de fuego que, normalmente, tan solo sirven para empeorar el ya de por si lamentable aspecto que presentan los zombies; las peleas entre los supervivientes son encarnizadas y abundan los golpes, las contusiones y el ensañamiento,…

La película comienza con un plano cerrado sobre el rostro de un cadáver. Con un lento zoom out se abre campo para mostrarnos que dicho cadáver está desnudo y maniatado descansando sobre un montón de escombros ante la atenta mirada de un hombre. Entendemos que se trata de una ejecución. Seguidamente vemos a ese mismo hombre (el que contemplaba el cadáver) en un funeral con otras personas hablando de tomar venganza sobre lo sucedido haciendo constantes alusiones a “la familia”. Entendemos que se trata de una banda mafiosa. Para confirmarlo, pasamos a una secuencia en la que estos hombres golpean con saña a otro (de rasgos marroquíes) para obtener información, concretamente la ubicación de una supuesta banda. Entendemos que se trata de un ajuste de cuentas. Finalmente, en esa misma secuencia, los hombres ahuyentan a un grupo de observadores de su brutal interrogatorio mostrando una identificación. No son una banda de mafiosos, son policías.
Esta forma de presentar a los protagonistas ya nos hace pensar que no son trigo limpio. A pesar de estar, supuestamente, del lado de la ley, se deja claro que se trata de gente corrupta, violenta y cuyo destino no merece ser el de recibir medallas o, ni siquiera, obtener la simpatía del público. La mirada que sobre la policía arrojan los responsables del film deja claro una postura muy crítica.
Más adelante, cuando conocemos a la banda de criminales con la que tendrán que unir fuerzas, éstos se nos presentan como gente igualmente violenta, sucia e inestable por lo que apenas queda nadie con quién el público se pueda identificar. Ni siquiera el vecino del bloque que también se une al grupo es una opción, pues se trata de un viejo desequilibrado mucho más perturbado que todos los demás. En conclusión, la mirada de los responsables del film sobre la sociedad de su país es también muy crítica; la de un polvorín a punto de estallar.
Con este plantel, al público solo le quedan unos personajes con los que sentirse a gusto y empatizar: los zombies. Esa masa informe y autómata cuya única necesidad es la de tener el estómago lleno resulta mucho más reconfortante y su violencia mucho más justificada que la del resto de personajes. Así pues no nos queda más que esperar a que acaben con todos los protagonistas del film uno por uno o, en el mejor de los casos, que éstos se dejen morder un poquito para que definitivamente aparquen a un lado su ira formen parte de la horda.

A esta visión tan pesimista de la situación actual en los suburbios franceses (y por extensión en los de cualquier gran ciudad occidental) se une un tratamiento de la imagen tosco, en el que abundan las sombras y los espacios oscuros teniendo además toda la película una tonalidad ocre con abundancia de los colores amarillos y marrones. Suciedad, sudor, podredumbre desde el primer fotograma al último con la excepción, tal vez, de las escenas iniciales en el funeral y el interrogatorio posterior, que son las únicas secuencias que transcurren de día.
En definitiva, nada nuevo bajo el sol.
Si “La horda” debía aportar algo fresco al subgénero de los zombies se lo debió dejar en la puerta del maldito edificio porque nada se llevará a su casa el espectador que ya haya visto unas cuantas películas sobre muertos vivientes. Algún plano con cierta fuerza como el del último de los policías tratando de librarse de cientos de zombies subido encima de un coche con una pistola o, quizá, el plano final con la mujer policía y el líder de los criminales resolviendo sus diferencias. En definitiva poca cosa para una película que, eso sí, es puro entretenimiento para aquellos a los que les guste disfrutar de la cruda violencia.

miércoles, octubre 14, 2009

SOLOMON KANE; El otro gran héroe de Robert E. Howard


A Robert E. Howard le debemos uno de los personajes más icónicos del cómic y, por ende, el poder disfrutar de la maravillosa adaptación al cine que escribió Oliver Stone y dirigió John Millius con Arnold Schwarzenegger de protagonista. Sí, me estoy refiriendo a “Conan, el bárbaro”.
Pero el mundo de Robert E. Howard no acababa en el guerrero cimerio sino que, a su sombra, vivieron y crecieron también otros héroes y personajes legendarios que hoy, gracias a la sequía creativa del Hollywood más comercial, ven la luz en el cine al haberse convertido el cómic en una de sus principales fuentes de hacer dinero.

El personaje de Solomon Kane vio por primera vez la luz en las páginas de la revista Weird Tales (la misma en la que publicó muchos de sus cuentos el maestro de Providence H.P. Lovecraft, por ejemplo) en 1928. Desde entonces ha visto algunas reediciones por todo el mundo pero nunca antes había sido llevado a la gran pantalla. El encargado de hacerlo ha sido Michael J. Bassett, responsable de la interesante “Deathwatch”, híbrido de cine fantástico y bélico que también pasó en su día por el Festival de Sitges.
Solomon Kane es, centrándonos únicamente en la película, un guerrero que capitanea a un grupo de hombres en asaltos a ciudades y otras aventuras en busca de tesoros, sin importarle si quienes los guardan son gente de bien o espantosos hechiceros. Un día descubre que sus acciones le están abocando al infierno y, decidido a redimirse, abandona esa vida y se recluye en un monasterio. No obstante, los clérigos, siguiendo los designios del Señor, optan por expulsarle de allí para situar a Solomon Kane en una encrucijada moral en la que decidirá poner sus habilidades al servicio del bien.

El resultado es el de una película de aventuras al estilo sword and sorcery muy vistosa pese a su bajo presupuesto. No aparecen en ella grandes estrellas aunque sí tienen pequeños papeles los veteranos intérpretes Pete Postlethwaite y Max Von Sydow. Tampoco hay un gran despliegue de infografía, al contrario, ésta se encuentra muy repartida en el principio y el final del film dejando toda una parte central en la que la acción recae única y exclusivamente en las peleas y combates que el protagonista establece contra la siniestra horda que ha invadido el mundo.
Aunque la historia de Solomon Kane se sitúa en un período posterior, toda la ambientación nos remite a una edad media en la que ya conviven el acero y la primeras armas de fuego. Esto añade un grado adicional de imaginación a los combates en los que Solomon Kane interviene, siempre muy físicos y sin escatimar en brutalidad para mantener al espectador constantemente pendiente del cuestionable pasado de Solomon.
El film se beneficia además de una ambientación fría y gris al desarrollarse toda la historia en parajes helados donde nieva constantemente. Ruinas, aldeas y castillos parecen haber sido abandonados hace tiempo en un enorme yermo donde hace tiempo que la luz desapareció. Sin necesidad de recurrir a sortilegios ni a entradillas con texto en sobreimpresión, la atmósfera creada por los responsables del film es suficiente para hacernos entender que son tiempos muy oscuros.

Solomon Kane no pasará a la historia de las películas de aventuras en un puesto destacado pero se le deben reconocer al menos una apuesta sincera por una forma de hacer cine que huye del efectismo que impregna todos los productos de este estilo que nos llegan desde Hollywood desde El señor de los anillos. Además puede presumir de tener al menos un par de secuencias de gran intensidad como son la de la crucifixión y la que se desarrolla en la iglesia con aquél sótano lleno de criaturas.
Ni “Dungeons and dragons”, ni “Eragon” ni “Dragonheart”, etc,… consiguen con sus grandes presupuestos la mitad de lo que logra Solomon Kane con el suyo.
Y eso que tampoco es gran cosa.

lunes, octubre 12, 2009

ZOMBIELAND; Cachondeo mundial Z


Admito que cuando vi el trailer de esta película ya imaginé que no me iba a hacer mucha gracia. Sinceramente confieso que, después de visionar docenas de films sobre muertos vivientes, infectados y demás putrefacción, “Zombieland” se me antojaba algo demasiado mainstream como para sorpenderme por su supuesta incorrección y demasiado exploit como para pasar de lo entretenido.
Pero de acuerdo; my apologizes. La película me ha resultado tremendamente divertida, con un ritmo endiablado que sólo se detiene cuando hay un gag que lo merezca y llena de toques de violencia/humor efectivos amén de no pocos momentos para el recuerdo (dentro del subgénero zombie, claro).
Desde el primer momento “Zombieland” nos sitúa en un escenario que no dista mucho del que el hijo de Mel Brooks nos describe en su famosa novela “Guerra mundial Z”. No obstante aquí la guerra se ha perdido y ahora el planeta no es sino el campo de juego para millares de muertos vivientes a la búsqueda de los pocos humanos realmente vivos que puedan quedar. El protagonista es el típico freak que ya hemos visto en no pocas comedias americanas, fanático de los videojuegos, perdedor y, por supuesto, virgen con ganas de dejar de serlo. Precisamente, el por qué este personaje ha conseguido mantenerse con vida cuando otros aparentemente mejor preparados han sucumbido al voraz apetito de los zombies, es la premisa argumental de la película. El muchacho se ha creado una serie de normas que, seguidas a rajatabla, han hecho de él un joven aún más freak de lo que ya era, pero al menos un freak superviviente. De hecho, y después de haber visto “Carriers”, sus reglas son algo así como la versión desenfadada de las siniestras normas de los protagonistas de aquélla. Además, y como para demostrar que de presupuesto e ideas visuales van sobrados, estas reglas del protagonista aparecen integradas magníficamente en las secuencias en las que se siguen o se infringen.
En su viaje a la búsqueda de sus padres, el muchacho se topará con otros tres personajes con los que acabará formando un grupo variopinto; una especie de cowboy que se pirra por los pastelitos pero que mata zombies con la misma facilidad y eficacia con la que aplastaría hormigas con su bota, una hermosa joven (una tia buenorra, vamos) de la que no te puedes fiar pues sabe utilizar muy bien sus armas de mujer, y por último, la hermana de esta chica que tan solo es una niña pero muy despabilada para su edad. ¡Que va a hacer! Le ha tocado vivir una época dura.

Obviamente, si las películas de zombies en su mayoría no son para tomárselas muy en serio (por más que haya quien vea paralelismos con cuestiones políticas hasta en “Zombie gangbang”), Zombieland lo es mucho menos.
Se trata de un simple divertimento, sí, pero fantásticamente orquestado. Los personajes se hacen querer, las situaciones en las que se meten son divertidas (especialmente la que tiene que ver con la casa de un actor famoso que no desvelaré), el gore está presente pero de forma tan inofensiva como en un cartoon y además la duración de todo el espectáculo es la adecuada para no empezar a preguntarte por qué ver destrozar a cadáveres resucitados de todas las formas posibles con cámara hiperlenta te resulta tan divertido.
Concluyendo: a pesar de no ser una gran película, recomendable al cien por cien.

domingo, octubre 11, 2009

INFECTADOS (CARRIERS); No es una película de zombies


Los hermanos Alex y David Pastor han dejado claro con esta película un par de cosas; la primera que tienen un gran talento para el suspense y una prometedora carrera cinematográfica por delante y, la segunda, que resulta prácticamente imposible realizar un film de género como éste sin rodarlo en Estados Unidos y con actores norteamericanos. ¿Por qué? Porque no nos creeríamos nada si no fuese así. Los americanos han colocado en nuestra imaginación toda una serie de escenarios, personajes y conceptos que pierden el sentido cuando se trasladan a otras latitudes, especialmente a la nuestra donde la acción y el suspense, si no está supeditado a cierto gracejo popular, no acaba de cuajar.

La historia de “Carriers” comienza con unos hermosos planos de apariencia casera (parecen grabados por una super ocho) en la que una familia compuesta por dos niños y sus padres juegan en la playa. De aquí, pasamos con un giro de cámara de ciento ochenta grados a una carretera desierta por la que circula un único vehículo. Este movimiento de cámara tan llamativo resulta perfectamente justificado narrativamente ya que a través de ese giro entendemos que la vida de esos personajes de la playa ha dado un giro total, que de la felicidad que veíamos en los niños y sus padres se ha pasado a todo lo contrario. Y de hecho, el resto de la película consiste en el viaje de esos mismos niños por carretera tratando de llegar hasta la misma playa en la que comenzaba la película, es decir, tratando de nuevo de alcanzar la felicidad perdida.
Pero, no vuelve a haber giro de cámara,…

“Carriers” se apunta a su manera al alubión, por lo visto inagotable, de películas apocalípticas pero no, y no nos confundamos, a las de infectados tal y como las entendemos cuando escuchamos este término (tan popular ya como el de ‘zombies’). La amenaza en esta película es un virus, en efecto, y aquellas personas que están infectadas son el peligro a evitar pero, al contrario que en todas las películas que tratan esta temática, la enfermedad no les ha vuelto brutales, ni caníbales ni más peligrosos que aquellos que aún no han sido contagiados. Se trata sencillamente de gente que sabe que no le queda mucho tiempo de vida y que necesitan desesperadamente ayuda o un poco de esperanza.
Los hermanos Pastor hábilmente colocan al espectador en el lado de unos pocos “supervivientes”, un grupo de cuatro jóvenes que no han sido infectados aún y que se las arreglan para seguir adelante tomando extremas medidas de precaución. Dichas medidas incluyen el no recoger a nadie, el no ayudar a nadie y, si es necesario, el quitar de en medio a aquellos que, infectados o no, se interpongan en su camino o se nieguen a entregarles algo que les sea necesario (gasolina, por ejemplo). Como ya explicara hace un par de años Haneke en su “El tiempo del lobo”, difícilmente se sobrevive sin pasar por encima de las demás.

Probablemente el punto flojo de “Carriers” sea su estructura que, inevitablemente, se ajusta exactamente al patrón de éste tipo de películas. Aunque el contexto es el de una “road movie” y puede analizarse como tal, la narración sigue los vericuetos del cine de terror por lo que encuentro tras encuentro el grupo se irá deshaciendo victimas de un asesino implacable; su propia compasión.

La pregunta que se nos plantea es ¿de qué sirve la supervivencia humana cuando ya no queda rastro de humanidad? ¿Vale la pena luchar por seguir vivo cuando se ha perdido todo lo que se amaba?
La respuesta de los hermanos Pastor sobre esta pregunta es sombría y obliga al espectador a tomar parte haciendo que se identifique con estos antihéroes que protagonizan el film, apartando de él a todos los demás personajes cuya ética o humanidad no están al nivel de la nueva situación que les toca vivir.

viernes, octubre 09, 2009

9; El apocalipsis llega a la animación


Normalmente suele dar mejores resultados adaptar al cine un relato corto que una larga novela. Tiene su explicación; las películas deben explicar toda su historia en una sola sesión y, cuanto más larga sea, más posibilidades tiene de que el espectador se desconecte ya que es muy difícil conseguir que éste mantenga el mismo nivel de atención durante todo el film y no vaya perdiendo atención poco a poco.
Los relatos cortos tienen pocos personajes y no profundizan en exceso en ellos, en sus pasados o en cualquier otra cosa que no sea estrictamente necesaria para la historia que se explica. Además no abundan las subtramas y suelen ir al grano porque la historia principal es la base y su desenlace casi siempre el punto fuerte.
Todas esas características los convierten en material ideal para adaptarlos al cine sin correr un alto riesgo de defraudar a los lectores, de dejar fuera de la película partes fundamentales del texto o incluso personajes enteros, como sí suele ocurrir con las adaptaciones de novelas.
¿Pero qué ocurre cuando lo que se adapta es un cortometraje? Bueno, para empezar que usar el término “adaptar” ni siquiera sería correcto puesto que el material de base ya está en el formato correcto; el cinematográfico. Así pues lo que se hace cuando se parte de un cortometraje no es sino inflarlo, añadir material a la historia normalmente en forma de subtramas innecesarias, personajes adicionales con las que llenar dichas subtramas y planos suplementarios con los que alargar las entradas y salidas de las escenas de la trama principal.
Esto es lo que ocurre con 9. A pesar de su escasa duración, la película de animación producida por Tim Burton entre otros, no escapa a su origen de cortometraje multipremiado y, como tal, adolece de todos los males anteriormente expuestos.
Si no se conoce el cortometraje es muy fácil caer encandilado con los originales personajes que protagonizan la historia e incluso con la premisa argumental de la misma pero, una vez se supera el encantamiento inicial, la historia es demasiado sencilla como para poder sacar de ella mucho jugo. Fantásticas escenas de lucha entre sus protagonistas y las criaturas que los amenazan, planos aéreos y secuencias retrospectivas que con un inteligente cambio en el tipo de animación complementan un producto disfrutable pero de escaso empaque.

“9” comieza cuando un diminuto muñeco de trapo con un interior lleno de engranajes y el número 9 escrito en la espalda despierta de repente en el taller de un hombre que yace muerto en el suelo. Asustado correrá fuera de allí para descubrir un mundo destruído y devastado en el que no tardará en encontrar a un reducido grupo de personajes cuyo aspecto es similar al suyo pero con otros números escritos en su cuerpo. 9 entenderá entonces que forma parte de algo, que fue creado con una intención concreta y que debe, junto a sus nuevos amigos, completar su destino aunque ello signifique poner en peligro su vida y la de ellos al enfrentarse a las terribles máquinas que acabaron con la humanidad. Las tramas apocalípticas también han llegado a la animación.

Acostumbrados como nos tienen a maravillas como la reciente “Up”, por mencionar una, “9” queda como una película mediocre cuya espectacularidad y diseño de personajes son sus mejores bazas. Lástima que al servicio de una historia que debía haber dado para mucho más.

DORIAN GRAY; Una adaptación efectista que no contenta a nadie


Adaptar un clásico de la literatura supone siempre un riesgo adicional. Si cualquier novela de moda ya tiene de por si una legión de fanáticos detrás listos para sacar los cuchillos en cuanto aprecian que se ha traicionado el texto por el que tanta devoción sienten, peor es aún cuando la novela está considerada por el mundo entero como un clásico.
Mucha mejor suerte suelen correr aquellos que, partiendo de ésos mismos clásicos de la literatura, los utilizan para explicar una historia que aparentemente no tiene nada que ver con ellos pero que, en realidad, no existirían sin ellos. Es el caso de “O brother” y “La odisea”, de “Mi Idaho privado” y “Oliver Twist” o de “El dia de la bestia” y “Don Quijote”, por citar también un ejemplo español. Todas estas películas beben de tan encumbradas historias sin tener que rendirles pleitesía, de una forma tangencial y con el respeto que merecen.

La película “Dorian Gray” no es la primera aproximación que se hace al célebre relato de “El retrato de Doran Gray” de Oscar Wilde. Albert Lewin dirigió una versión en 1945 con el mismo título de la novela que obtuvo incluso un oscar por su fotografía. Y después de haber visto esta nueva adaptación, creo que Lewin puede estar tranquilo. No le han superado.

La versión que hoy nos ocupa es mucho más moderna y no porque se haya ralizado sesenta años después sino porque tira sin parar de algunos de los efectistas recursos del cine más reciente. No es más moderno en cuanto a ambientación pues se ha mantenido el mismo contexto en el que se desarrollaba la historia original, el Londres de finales del XIX, pero sí en cuanto a planificación y montaje. Es decir, de las dos posibilidades que se abrían para sus responsables (utilizar una narración clásica que convirtiera la película en un film de época con toques fantásticos que complaciera a los que pudieron ver en su día la película de Lewin o componer un relato efectista y al gusto de la juventud actual) optaron por algo a medio camino.
En Dorian Gray abundan los flashes, los montajes rápidos, los fundidos encadenados a ritmo de videoclip e incluso una planificación que en ocasiones hereda algunos tics propios del cine de terror slasher. Todo esto banaliza la propuesta y hace pensar que el director subraya la intención del director de captar a todo tipo de público y, ya se sabe, cuando intentas contentar a todos lo normal es que nadie acabe contento.
Puestos a adaptar el clásico según los gustos actuales lo lógico hubiera sido llegar un poco más lejos, asumir algún riesgo más y mostrar de un modo menos complaciente el descenso a los infiernos del personaje de Dorian (interpretado por un sosainas llamado Ben Barnes), su depravación creciente y el horror de los crímenes que termina cometiendo para ocultar su secreto. Incluso Colin Firth que interpreta al provocador Lord Henry Wotton mantiene siempre un rictus cercano a la parálisis facial que resulta demasiado contenido para la degeneración que se le supone.
Probablemente, la mejor demostración del escaso nivel cinematográfico de la película se encuentra en los planos que rodean el misterio del retrato. El director está tan convencido de que el público está deseando ver como Dorian se pudre en el cuadro que nos escatima los planos que le dedica a éste sembrando en el espectador una inquietud creciente y, a la vez, metiéndose él mismo en una zanja de la que será incapaz de salir ya que, cuando no pueda mantener por más tiempo la tensión y deba mostrar lo que hay bajo la sábana que cubre el lienzo ¿qué enseñará? ¿Qué podrá cumplir con las terribles expectativas que ha creado?
Ni que decir tiene que cuando el retrato es revelado finalmente el efecto es bastante menos intenso de lo esperado.
Y lo mismo ocurre con la película.

jueves, octubre 08, 2009

PARANORMAL ACTIVITY; Falso terror real


Hay películas que por su planteamiento deben basar su éxito en taquilla exclusivamente en la campaña publicitaria. La ausencia de presupuesto, estrellas, despliegue técnico, etc,… dejan pues de ser una carencia para convertirse en un activo de la propia película. Vender algo argumentando que se rodó en condiciones precarias o incluso por gente sin preparación pasa de ser una razón para huir de su visionado a todo lo contrario. Y no digamos aún cuando los responsables de la película son en realidad una simple pareja y su videocámara.

Los reyes de esta forma de rodar y vender una película fueron coronados hace tiempo aunque, después del film que les dio la fama, desaparecieron casi completamente del panorama cinematográfico. Me refiero a los directores responsables de “El proyecto de la bruja de Blair”, aquel filón que comenzó con la campaña publicitaria mejor orquestada de los últimos años en la que se nos hizo creer que lo que veíamos era la grabación real de unos estudiantes que desaparecieron en un bosque cuando realizaban un estudio sobre una leyenda local.
La idea no es nueva en absoluto. “Holocausto caníbal”, la célebre película ‘mondo’, utilizó la misma estrategia muchos años antes. Por eso, cuando ahora se nos presenta esta “Paranormal activity” lo de dejarse llevar por el engaño requiere de un esfuerzo adicional y, ciertamente, difícil de conseguir tal y como están las cosas.

Paranormal activity no es sino un montaje hecho a partir de las grabaciones en video que una pareja realiza en su propia casa para demostrar que con ellos vive una entidad que les acosa, especialmente a la mujer. En dichas grabaciones podemos escuchar las diversas conversaciones que la pareja mantiene posicionándose a favor de creer o no que dicha entidad existe además de los medios a usar para comunicarse o no con ella. También vemos a un tercer personaje, un parapsicólogo, que les ofrece su ayuda (no demasiada) para enfrentarse a la extraña entidad. Y por supuesto, también vemos en un crescendo ciertamente inquietante, las extrañas manifestaciones de la supuesta entidad por la casa.

Como decía al principio si no existiera “El proyecto de la bruja de Blair” estaríamos sin duda ante una de esas películas que hace historia. Una idea sencilla, una forma de presentarla original y un ritmo que se va acelerando progresivamente conforme los fenómenos paranormales aumentan de intensidad. Como digo, incluso para alguien que ya veía la película planteándose todas las cuestiones anteriores, llegó a funcionar en algún momento con un par de secuencias ciertamente eficaces.
Por desgracia para los responsables de este film, la sombra de la bruja todavía es alargada y todo el show nos suena demasiado familiar como para considerar esta película como algo fresco en lugar de cómo un refrito en el que se cambia el bosque por la casa y la malvada secuestradora de niños por un extraño espíritu-demonio de siniestras intenciones.
Ahora bien, hay que reconocerle también sus méritos aunque sean puntuales. La insufrible pareja protagonista acaba resultando bastante creíble en sus interpretaciones precisamente por parecer gente corriente. Las manifestaciones paranormales son, en su mayoría, tan simples que resultan igualmente creíbles y perfectamente reconocibles en algunas de las cosas que hayamos podido ver u oír alguna vez cuando nos hemos quedado solos en casa y nos hemos dejado sugestionar. Salvo alguna salida de tono como lo de la ouija o ese plano final espantoso que jamás debieron incluir, hay que reconocer que puede llegar a dar miedo o al menos inquietar.
La recomiendo para ver en casa, con amigos o amigas que se asusten fácilmente y les guste buscar consuelo en el abrazo de alguien.

MOON; Ciencia ficción inteligente


Ha tenido gracia que el día antes de que el Festival programara esta película, “Moon”, se fallara el premio “Melies de oro” de este año. Dicho galardón es otorgado a la que se considera mejor película de cine fantástico europea a propuesta de los festivales especializados más importantes del continente y que el año pasado recayó sobre la estupenda "Déjame entrar". Y decía que tuvo gracia que se entregara el día antes del pase de “Moon” en Sitges porque la película de Duncan Jones era una de las que optaba a conseguir el premio este año. Ahora ya sabemos que no se alzará con él ya que éste ha recaído en la infame “Martyrs”.
Con esto quedan claras dos cosas: la primera que quienes deciden los premios en un festival de cine no siempre lo hacen siguiendo criterios estrictamente cinematográficos (de hecho cada vez parecen importar menos) y la segunda que llenan más periódicos las polémicas y las provocaciones que el talento y el trabajo bien hecho.

“Moon” es una excelente película de ciencia ficción con una trama tan inteligente que es imposible diseccionarla en una crítica como ésta sin alargarse demasiado y, lo que es más importante, sin revelar detalles importantes de su argumento que fastidiarían el primer visionado a quiénes tuvieran interés en echarle un ojo. Así pues, si eres de los que tenías pensado no perderte este film, te aconsejo seriamente que dejes de leer a partir de este momento y que huyas de cualquier reseña en la prensa o en Internet hasta que no la veas.

“Moon” explica la historia de Sam Bell, un técnico destinado en una base lunar por tres años para encargarse de la extracción y el envío de ‘Helio 3’, un energético material descubierto recientemente en la superficie de nuestro satélite natural. Durante sus días en la estación Sam debe encargarse de controlar las cosechadoras que van extrayendo el mineral así como del mantenimiento general de la base para lo cual le ayuda un sofisticado y amable robot que en el film lleva la voz de Kevin Spacey y que suple su carencia de rostro con una pantalla en la que muestra emoticones para demostrar su estado de ánimo.
El film comienza cuando a Sam le quedan tan solo un par de semanas en la estación y, por desgracia (o por suerte) sufre un accidente. A partir de ese momento se sucederán una serie de acontecimientos que le demostrarán que no está solo en la base y que en realidad su trabajo encubre una gran mentira de la que él, sin saberlo, forma parte esencial.

Ducan Jones propone así toda una disertación sobre la identidad, el doble, la inteligencia artificial, la esclavitud derivada de la ingeniería genética y en fin, toda una serie de temas de los que se agradecen en un producto de ciencia ficción seria que, como hemos visto gracias al reciente éxito de “Distrito 9”, no está casada con el fracaso en taquilla y, al contrario, sirve para que gente a la que este tipo de cine no le entusiasma se acerque a él y disfrute con sus propuestas.
A pesar de lo expuesto en el párrafo anterior, mentiría si dijera que “Moon” ha colmado todas mis expectativas. Desde un principio era mi película favorita del Festival y en cuanto ví el trailer supe que me esperaba algo bueno pero debo admitir que no estamos ante una obra maestra. La película contiene diversos puntos fuertes como puedan ser la magnífica interpretación de Sam Rockwell, la excelente fotografía y la música que, precisamente por su melodía sintetizada y repetitiva, se acopla perfectamente con la historia que se nos explica. Además tiene el mérito añadido de ser técnicamente más que solvente teniendo en cuenta que se trata de una película independiente y con un presupuesto ajustadísimo, algo que la pericia del director y su equipo consiguen que apenas se note con un magnífico diseño de producción. Sin embargo, echamos en falta algo más de profundidad en algunos de los temas tocados y, especialmente, en la causa que desencadena el accidente que da lugar al resto de acontecimientos de la película. Si se trata de algo místico queda insinuado de forma demasiado vaga y si se trata de otra cosa sencillamente no se explica.
Es lo de menos. Ojalá “Martyrs” o muchas otras películas de las que han salido de este Festival con premios bajo el brazo alcanzara el nivel medio de “Moon” en algún momento de su metraje.

Ignoro qué le deparará el futuro a esta película a nivel comercial pero tuve una cosa clara desde el mimo momento en que abandoné la sala con los créditos en marcha y la banda sonora resonando en mis oídos. No tardará en convertirse en una película de culto.

miércoles, octubre 07, 2009

CARGO; Marchando una de ciencia ficción suiza


Como ya se encargó de decir Antonio Jose Navarro en la presentación para el público de este film, no es nada común ver una película de nacionalidad suiza en nuestro país y mucho menos si se trata de un film de ciencia ficción. Es por ello que, pese a que vaya contra las normas, no puedo realizar una crítica sobre esta película sin tenerlo en cuenta. Como ya ocurrió en nuestro país cuando Luna (María Lidón) apostó por la ciencia ficción en “Stranded” (Naúfragos), me parecía injusto valorar la película teniendo encuenta únicamente el resultado e ignorando la capacidad de riesgo de la directora así como el esfuerzo adicional que supone para un cineasta español levantar una producción de esas características.
No obstante y, como también ocurrió con ese caso, “Cargo” no alcanza el nivel de calidad esperado para situarse dentro de lo que consideraríamos buenas películas de ciencia ficción.

En “Cargo” se nos explica la historia de Laura, una doctora que decide enrolarse como oficial médico en una nave de transporte espacial que lleva materiales de construcción a una base estelar lejana. Con lo ganado en dicho viaje Laura espera poder pagar su pase a Rhea, un planeta descubierto hace años por los humanos y que es, hasta el momento, el único lugar similar a la Tierra localizado en el espacio profundo. Ambientada en un momento futuro en el que nuestro planeta es ya incapaz de mantener con sus pocos recursos a toda la humanidad, poder instalarse en Rhea es un sueño al que muchos aspiran pero pocos alcanzan.
Ni que decir tiene que durante el largo viaje (cuatro años de ida y cuatro de vuelta) emprendido por Laura algo saldrá mal. Despertados del hipersueño antes de la hora los tripulantes de la nave deberán enfrentarse con una presencia desconocida en la bodega de carga, sabotajes y terroristas así como a una verdad que será revelada y que cambiará el destino de toda la humanidad.

Aunque el concepto es atractivo y se tocan diversos temas de gran interés para todos los que amamos la ciencia ficción y que no mencionaré para no arruinar la películas a quienes puedan tener interés en verla, las dos horas de duración y el ajustado presupuesto hacen mella en el desarrollo del film y el escaso empaque de su reparto tampoco ayuda demasiado a mantener la atención del espectador. No es solo que no sean caras conocidas para nosotros, es también su falta de carismas a la que contribuyen además unos diálogos excesivamente funcionales que no nos permiten apenas conocer a unos personajes con los que deberíamos implicarnos. El mayor ejemplo de todo esto se encuentra en la relación de amor que se establece entre Laura y uno de los tripulantes que no resulta creíble en absoluto pero que se establece porque será necesaria para poder conducir la historia hasta el final.
Cabe resaltar los magníficos efectos especiales y las secuencias de la naves en el espacio exterior que nada tienen que envidiar a los de cualquier producción americana del estilo, si bien en los interiores se aprecia mucho más la falta de variedad en los decorados y un mayor nivel de detalle en los elementos de atrezzo.

Pese a todo y como ya avancé al principio de esta crítica, Cargo es un film apreciable y digno que no merece pasar desapercibido aunque solo sea para anirmar a las cinematografías europeas a adentrarse en terrenos un poco más arriesgados y sacarnos así de la monotonía.

THE HURT LOCKER; El peligro de muerte como rutina


En los ochenta siempre que un personaje relataba su experiencia en combate era porque había estado en Vietnam. La jungla del sureste asiático se convirtió en todo un filón sobre el que ambientar historias de camaradería entre soldados, rescate de prisioneros o matanzas diversas. Films tan distintos entre si en su planteamiento e intenciones como “Apocalypse now”, “El cazador”, “Los chicos de la compañía C”, “Rambo” o “Desaparecido en combate” sirvieron para recordar a los estadounidenses, y ya de paso al resto del mundo, que a miles de kilómetros de Nueva York muchos de sus compatriotas se dejaron la vida en una guerra innecesaria (¿alguna lo es?).
En la primera década del año 2000 la guerra más cinematográfica es la de Irak. Sin embargo, en esta ocasión el conflicto no está sirviendo para crear héroes de acción que sufrieran los rigores del combate pero surgieran de él como supersoldados capaces de aniquilar ellos solos a todo un ejército. Imbuidos de un excesivo sentido de la responsabilidad todas las películas ambientadas en dicha guerra están siendo muy críticas y llenas de mensaje. Para ejemplos ahí van unos cuantos: “Jarhead” y la inutilidad de la infantería en la guerra moderna, “Redacted” y como el escenario de un conflicto bélico es el mejor para llevar a cabo y ocultar un crimen horrible, “La batalla de Hadiza” y como el mejor entrenamiento no te prepara para un conflicto en el que los civiles son el enemigo, “La sombra del reino” y la reducción de los motivos supuestamente humanitarios de una ocupación al ojo por ojo,…

“The hurt locker” cuenta la historia de un artificiero del ejército americano que, después de muchos meses prestando servicio en Irak, se ha vuelto incapaz de regresar a su casa para llevar una vida normal con su mujer y su hijo.
Kathryn Bigelow, directora de “Le laman Bodhi” y “Dias extraños” entre otras, utiliza “The hurt locker” para reflexionar acerca de los efectos psicológicos que tiene un conflicto de estas características en los soldados y, especialmente, en aquellos jóvenes que se juegan la vida cada día en las calles.
La película está narrada en un tono cercano al documental aunque prescindiendo de entrevistas o de personajes hablando directamente a cámara. El constante uso de la cámara en mano, especialmente en los tiroteos y en las secuencias de desactivación de bombas hacen que el espectador se vea inmerso en la acción haciéndole partícipe del riesgo que corren en todo momento.

El film arranca con una primera secuencia tensa y espectacular en la que el veterano artificiero que interpreta Guy Pierce es víctima de una trampa, quedando patente así hasta que punto esos profesionales de la desactivación se la juegan en cada una de sus misiones. También sirve esa secuencia para dejar claro que en Irak da igual que seas un intérprete famoso porque puedes morir en cualquier momento y, de hecho, tanto Guy Pierce como Ralph Fiennes, las dos estrellas del reparto, apenas duran unos minutos. No se trata de cameos. Son un forma de llamar la atención sobre el espectador; no importa quien seas, ni tu rango, ni tu edad. En Irak, el paso de la vida a la muerte se puede dar en cualquier momento, al cruzar una esquina, al detenerte ante un semáforo o al acercarte a un puesto de venta ambulante.
En la película hay dos secuencias en las que vemos hasta donde son capaces de llegar los resistentes irakíes (o terroristas, llámalos como quieras) con tal de atentar contra los soldados desplegados allí. Obligando a un hombre de familia a vestir un traje repleto de explosivos y, más horrible aún, matando a un niño para poder introducir dentro de su cuerpo una bomba trampa para los militares americanos. Si esa gente es capaz de un atrocidad semejante, ¿cómo pueden mantener la cordura los soldados que deben pisar ese mismo suelo y respirar ese mismo aire a diario?

No se trata de un film excelente pero es sin duda un film necesario. Y aunque se pueda hacer raro encontrar una película como ésta en un festival especializado en cine fantástico me voy a permitir parafrasear al propio director del festival durante su presentación de la película: “hemos querido tenerla en el festival porque es una película de guerra que da miedo y es una película de guerra que parece de ciencia ficción”.

SPLICE; Mad doctors a su pesar


Uno de los clichés del cine de ciencia ficción es el del mad doctor. Cuando un científico decide llevar demasiado lejos sus investigaciones y traspasa la barrera de la ética más fundamental, los experimentos acaban por escapársele de las manos y los resultados suelen dar lugar a una catástrofe. Un mad doctor no tiene inconveniente en saltarse las normas establecidas, en mentir sobre la naturaleza de sus investigaciones, en cometer ilegalidades para poder llegar más lejos e incluso de acabar de forma drástica con aquellos que husmean más de la cuenta.
Buenos ejemplos de mad doctors los tenemos en el mítico hombre invisible de H.G. Wells pero también en su más reciente adaptación al cine, “El hombre sin sombra”. También en el Herbert West de “Re-animator” o en algunos villanos de cómic como el Dr. Octopus, por mencionar algunos.
Otra cosa son aquellos científicos que, llevando una conducta intachable y manteniendo el máximo rigor en sus experimentaciones acaban siendo víctimas de un error de cálculo, de un sabotaje o hayando algo terrible por simple casualidad.

Los protagonistas de Splice son una pareja de bioquímicos que trabajan en la creación de una criatura híbrida de diversos animales que les permita sintetizar una determinada proteína. Son buenos empleados de su compañía y mejores compañeros para sus subordinados. Son, en definitiva, una pareja de científicos brillantes.
Pero también son humanos…
Así que, cuando el laboratorio les insiste en que abandonen su apasionante proyecto para concentrarse en una producción anodina que destruye su ambición, comenzarán a plantearse la idea de continuar adelante por su cuenta y, como no puede ser de otro modo, sus avances en la combinación de ADNs para conseguir un nuevo híbrido les llevarán hasta una situación imposible de controlar.

Debo admitir que, hasta el momento, “Splice” supone la mayor decepción de todas las películas que he visto en Sitges este año. No porque sea una mala película, pues es mediocre pero no mala, sino porque viniendo de quién viene esperaba bastante más.
Vincenzo Natali es el director canadiense que hace ya unos cuantos años nos planteó el laberinto más original y mortal que habíamos visto nunca en pantalla grande. Un puzzle de piezas cúbicas de dimensiones 3x3x3 en el que personajes, aparentemente al azar, eran arrojados viéndose obligados a unir esfuerzos para encontrar la salida. Estoy hablando, por supuesto de “Cube”. También es el director de esa pequeña joya casi desconocida llamada “Cypher” que combinaba una historia de ciencia ficción original sobre realidad virtual con una forma visual innovadora y atractiva.
Nada de esto hay en “Splice”. Su trama se desarrolla como se espera desde el primer momento y el espectador no tendrá problema alguno en ir anticipando qué sucederá a continuación. Además, su hibridación genérica hace aguas y aunque se va pasando de la ciencia ficción al terror, la película funciona mejor en su primera mitad que en la segunda donde se recurre de forma continua a los lugares comunes del género. Incluso el epílogo final que busca un golpe de efecto al convertir al investigador en sujeto de estudio ya lo vimos y con un resultado mucho más espeluznante en “La mosca 2”, por ejemplo.
Aunque el trasfondo de la película podría abrir un debate sobre la utilización o no de la ingeniería genética como medio para tratar y curar enfermedades, esta trama del film desaparece rápidamente para tomar las riendas en su lugar el planteamiento de una “monster movie” atípica y con cierto sentido del riesgo pero que, en definitiva, no va mucho más allá de lo mostrado en otras tantas películas anteriores que parten de ideas parecidas.

Como puntos fuertes del film destacaría las interpretaciones de su dúo protagonista, Adrien Brody y Sarah Polley, llamando especialmente la atención la segunda por la gran variedad de registros por los que pasa su personaje a lo largo de la película. También son dignos de mención la secuencia de créditos iniciales que recuerda un poco a la de “El club de la lucha” así como, por supuesto, la inquietante criatura que surge de las investigaciones de los personajes protagonistas y que se encuentra a caballo entre la que vimos en “Species” y “Jeeper Creeper”. Bueno, entre esas dos y un canguro…